EL ANGEL DE LA DESPEDIDA


La despedida duele. Tener que despedirse de una persona a la que se tiene cariño
puede desgarrarle a uno el corazón. Pero las despedidas son inevitables. No
podemos retener al otro. Él desea seguir su camino y tiene que hacerlo para
realizar su vida.

Nuestro curso vital conoce innumberables despedidas.
Tenemos que despedirnos de un entorno familiar porque deseamos estudiar en otro
lugar, porque hemos encontrado un trabajo.

Todo cambio exige una
despedida. Sólo con la despedida podemos confiarnos realmente a lo nuevo, y sólo
así lo nuevo puede arraigar en nosotros.

Muchos quisieran sujetar a todas
las personas con las que se han familiarizado. Quisieran continuar una amistad.
Pero hay amistades que sólo son buenas durante cierto tiempo; luego continúan
por rutina, se mantienen por compromiso o por no herir al otro; pero no hay ya
sintonía.

Es el momento de la despedida. Entonces trato con el otro
cortésmente; le doy a entender que puede tomar otro rumbo. Y quedo libre para
emprender algo nuevo.

Hay una despedida que duele especialmente. Es la de
la pareja conyugal o de la amiga con la que alguien intentó convivir de por
vida.

Muchos tienen que pasar hoy por esta dolorosa despedida. Una
amistad que se deshace. O un matrimonio que no puede continuar porque los
cónyuges se hieren mutuamente y convierten la vida en un infierno. Muchos, en
lugar de hacer una verdadera despedida, regatean su separación con el abogado y
siguen peléandose; el amor degenera en odio.

Los terapeutas de parejas
han desarrollado un ritual para tales situaciones, destinado a lograr una
despedida cortés. Ese ritual pide que yo haga memoria de las buenas experiencias
que tuve con el cónyuge, que le exprese mi gratitud por todo lo que hizo por
mí.

Sólo entonces puedo decirle por qué, a pesar de ello, hemos de
separarnos. Cada uno podrá seguir su camino sin tener que borrar los últimos
años de su vida. Ambos pueden aceptarlos agradecidos, y luego buscar libremente
cada cual su destino sin amargura, sin inculpaciones, sin
desgarramiento.

Pero no se despide uno tan sólo de sus semejantes.
Tenemos que despedirnos de costumbres, segmentos biográficos, modos de vida. El
que nunca se ha despedido de su infancia proyectará siempre sus deseos
infantiles.

El que nunca se ha despedido de su pubertad, seguirá preso de
las ilusiones que se forjó sobre la vida. Tenemos que despedirnos de nuestra
juventud si queremos ser adultos, de nuestra soltería si queremos casarnos, de
nuestra profesión si envejecemos. Pero, sobre todo, tenemos que despedirnos de
las heridas de nuestra historia vital.

Que el ángel de la despedida te
ayude a licenciar todos los modelos que dificultan la vida, como el modelo del
perfeccionismo, que te obliga a controlarlo todo, o el modelo de la
autoagresión, que te impulsa a buscar la culpa en ti o a
desanimarte.

Tienes que arrumbar el modelo que te obliga a demostrarle a
tu madre tu valía por el rendimiento. Quizá ahora sea la escuela o la Iglesia el
objeto de tus planes; pero sigue siendo el viejo modelo por el que te riges. Si
no licenciamos los antiguos modelos de vida, nos obligamos a lesionarnos o
lesionar a otros.

Ojalá que el ángel de la despedida te ayude a licenciar
tu pasado y los antiguos modelos de vida, para que puedas vivir totalmente en el
presente y realizar tus posibilidades latentes, para que pueda crecer lo nuevo e
insospechado que hay en ti.

Fuente: Anselm Grün
Monje Benedictino

 

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