CARTA DE DIOS A UN HUMANO


58194_486478104736096_1841170180_n

No puedo decirte si existo o no, pero si puedo regalarte unas palabras.
Deja de rezar, deja de darte golpes en el pecho, lo único que quiero es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida; que goces, que cantes, que hagas arte, que llores, que rías.

He dejado las estrellas en el firmamento, las flores del campo, el amanecer y el atardecer para que me veas; las aves cantoras, el murmullo de la brisa para que me oigas; he dejado los frutos y nada he querido negarte para que siempre me recuerdes y sepas que te amo.

Olvida los templos, las iglesias, mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti, mi casa está en ti , en todo los hombres y mujeres, animales y plantas, en todas las cosas que existen; esa es mi casa.

Yo no tengo sacerdotes, pastores, gurús, rabinos; no busques tu camino con ellos, la vida se trata de encontrar tu camino mirando hacia tu interior, descubriéndolo por ti mismo.

No podrás encontrarme en ninguna Biblia, en ningún Corán, Canon pali, Torá, Araniaka o en algún otro libro. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus padres, en los ojos de tus hijos o los del ser amado. No me encontrarás en ningún libro.

Deja de culparme de tu vida; eres tú mismo que te has encadenado a ti mismo, a tus vibraciones negativas; te has encadenado a la envidia, al egoísmo, al odio, a la vanidad, a los celos, a todo eso te has atado; eres sólo tú quien ha querido sufrir. Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.

No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de vivir.

Yo puedo existir para ti si tu eliges que exista, puedes darme la imagen que tú desees; puedes creer en mi si tú lo deseas, pero no es lo que yo deseo, no quiero que creas en mí, quiero adores a la vida, que adores a tu propio cuerpo, quiero que creas en el respeto, en la naturaleza. Quiero que sientas toda la vibración del universo cuando besas a tu ser amado, cuando logras ver los ojos de tus hijos, cuando me ves en la sonrisa de tus padres.

Y si en realidad deseas buscarme, comienza por buscar dentro de ti, descubrirás que soy parte de ti y tú eres parte de mi, y sobretodo, descubrirás que ambos formamos este hermoso, perfecto y poético ente llamado universo.

REFLEXIÓN SOBRE GUARDAR SILENCIO Y HABLAR


1

Nosotros los indios sabemos del silencio. No le tenemos miedo. De hecho, para nosotros es más poderoso que las palabras. Nuestros ancianos fueron educados en las maneras del silencio, y ellos nos transmitieron ese conocimiento a nosotros.

Observa, escucha, y luego actúa, nos decían. Esa es la manera de vivir. Observa a los animales para ver cómo cuidan a sus crías. Observa a los ancianos para ver cómo se comportan. Observa al hombre blanco para ver qué quiere. Siempre observa primero, con corazón y mente quietos, y entonces aprenderás. Cuando hayas observado lo suficiente, entonces podrás actuar.

Con ustedes es lo contrario. Ustedes aprenden hablando. Premian a los niños que hablan más en la escuela. En sus fiestas todos tratan de hablar. En el trabajo siempre están teniendo reuniones en las que todos interrumpen a todos, y todos hablan cinco, diez o cien veces y le llaman “resolver un problema”. Cuando están en una habitación y hay silencio, se ponen nerviosos. Tienen que llenar el espacio con sonidos. Así que hablan impulsivamente, incluso antes de saber lo que van a decir. A la gente blanca le gusta discutir. Ni siquiera permiten que el otro termine una frase.

Para los indios esto es muy irrespetuoso e incluso muy estúpido. Siempre interrumpen. Si tú comienzas a hablar, yo no voy a interrumpirte. Te escucharé. Quizás deje de escucharte si es desagradable lo que estás diciendo. Pero no voy a interrumpirte cuando termines, tomaré mi decisión sobre lo que dijiste, pero no te diré nada si no estoy de acuerdo, a menos que sea importante por el contrario, simplemente me quedaré callado y me alejaré. Me has dicho lo que necesito saber. No hay nada más que decir. Pero eso no es suficiente para la mayoría de la gente blanca.

La gente debería pensar en sus palabras como si fuesen semillas. Deberían plantarlas, y luego permitirles crecer en silencio. Nuestros ancianos nos enseñaron que la tierra siempre nos está hablando, pero que debemos guardar silencio para escucharla. Existen muchas voces además de las nuestras. Muchas voces “Guarda tu lengua en la en la juventud” dijo el viejo jefe Wabashaw, “y en la madurez quizá madures un pensamiento que sea de utilidad a tu pueblo”.

(Ohiyesa/Dr.Charles A. Estman, Dakota santee, 1902)

LAS MUJERES FUERTES PUEDEN DECIR QUE NO


11062016_797521566963681_377302630642907996_n

Una mujer fuerte es una mujer esforzada.
Una mujer fuerte es una mujer que se sostiene
de puntillas y levanta pesas
mientras intenta cantar Boris Godunow.
Una mujer fuerte es una mujer manos a la obra
limpiando el pozo negro de la historia
y mientras saca la porquería con la pala
habla de que no le importa llorar.
porque abre los conductos de los ojos,
y vomitar estimula los músculos del estomago
y sigue dando paladas con lagrimas en la nariz.
Una mujer fuerte es una mujer con una voz en la cabeza
que le repite: te lo dije, so fea, so mala, so tonta,
nadie mas te va a querer nunca,
¿porque no eres femenina?
¿porque no eres suave, discreta?
¿porque ya no estas muerta?

Una mujer fuerte es una mujer
empeñada en hace algo que los demás
están empeñados que no se haga. Esta empujando
la tapa de un baúl de plomo desde dentro.
Esta intentando levantar con la cabeza
la tapa de una alcantarilla, esta intentando
romper una pared de acero a cabezazos.
Le duele la cabeza. La gente que espera
a que haga el agujero le dice: date prisa
¡eres tan fuerte!

Una mujer fuerte es una mujer que sangra por dentro.
Una mujer fuerte es una mujer que se hace a si misma
fuerte cada mañana mientras se le sueltan los dientes
y la espalda la destroza.
Cada niño, un diente, solian decir antes
y ahora, por cada batalla, una cicatriz.
Una mujer fuerte, es una masa de cicatrices
que duelen cuando llueve, y de heridas que sangran
cuando se las golpea, y de recuerdos
que se levantan por la noche y recorren la casa
de una lado a otro calzando botas.

Una mujer fuerte es una mujer que ansia el amor
como si fuera oxigeno para no ahogarse.
Una mujer fuerte es una mujer que ama con fuerza
y llora con fuerza, y se aterra con fuerza, y
tiene necesidades fuertes. Una mujer fuerte
es fuerte en palabras, en actos, en conexión,
en sentimientos; no es fuerte como la piedra,
sino como la loba amamantando a sus cachorros.
La fuerza no esta en ella, pero la representa
como el viento llena una vela.

Lo que la conforta es que los demás la amen
tanto por su fuerza como por su debilidad
de la que esta emana, como el relampago de la nube.
El relámpago, deslumbra. Llueve.
Las nubes se dispersan. Solo permanece
el agua de la conexión, fluyendo por nosotras.
Fuerte es lo que nos hacemos unas a otras.
Hasta que no seamos fuertes juntas
una mujer fuerte, es una mujer fuertemente asustada.

Fuente:  Marge Piercy ( Para las mujeres fuertes)

Los números de 2015


Gracias a tod@s vosotr@s esto ha sido posible. Muchisimas gracias y aprovecho para desearos que este 2016 que esta próximo a venir os colme de bendiciones y alegrías.

 

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 140.000 veces en 2015. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 6 días para que toda esa gente la visitase.

Haz click para ver el reporte completo.

PALABRAS QUE DUELEN


10330323_653960264671317_5922876098847736513_n

 

“No te van a querer ni los perros”, era la frase que ella siempre usaba para retar a sus hijos cuando se portaban mal. Primero, venía la bofetada, y después, como de remate, esta frase punzante, aguda. Seguramente, si le preguntan, ella los educó con amor. Y en nombre del amor, dijo frases como estas.

“¿Quién quiere otra hamburguesa?”, preguntó Carlos en el cumple de su hija. Ella estaba festejando sus 19 y él se había ofrecido de asador. “¿Quién quiere otra hamburguesa?”, insistió. “Tu no, mi amor, que estás muy gorda”, fue la frase que disparó delante de todos sus amigos. Ella se puso roja de vergüenza, un nudo enorme le cerró la garganta y no comió más. Se levantó despacio y la soledad de su cuarto adolescente fue el mejor refugio hasta la madrugada del día siguiente. El padre murió preguntándose qué hizo mal esa noche.

“Vamos, no seas mariquita”, le dijo su profesor de natación cuando él –que en ese momento tenía 6 años– pidió una toalla al salir de la bañera porque tenía frío. Y todos sus amigos empezaron a reírse. “Mariquita, mariquita”, le gritaron. Y el profesor, lejos de hacerlos callar, los alentó. Nunca más volvió a nadar. (Y nunca, en 34 años de vida, apoyó sus labios en los labios de una mujer.)

“Eres un elefante dentro de la clase”, le dijo su profesora de Dibujo el primer día del primer año de secundaria. Ella venía de una primaria impecable, donde Dibujo era su materia preferida. Y era, para hacer honor a la verdad, una joven promesa. Ese año, se llevó Dibujo a diciembre. Volvió a dibujar 28 años después, cuando con muchas terapias diferentes, descubrió cuánto la había inmovilizado esa frase.

El Perito Moreno fue el lugar elegido para festejar sus 10 años de casados. Caminata por el glaciar, todos los turistas en hilera para no resbalarse. Ella iba delante; él, detrás. “Tu culo me tapa todo el sol”, fue la frase que eligió él para hacer un chiste. Y no entendió por qué esa noche ella se encerró en el baño a llorar.

Son frases que no te matan, pero te marcan para toda la vida. Frases basura. No importa cuántas horas de terapia le dediques a deshacerlas, ellas están ahí… rondando, para reaparecer sin previo aviso. Son frases que, cuando las cuentas, te parece que estás exagerando, que no pudieron ser así, que quizá las recuerdas mal. Entonces descubres la crudeza de esas palabras.

Lo bueno es que un día, porque ese día –créanme– finalmente llega, te sacas uno por uno todos los puñales que te clavaron en el cuerpo y en el alma, te haces un sana, sana, culito de rana y descubres que no fueron dichas con odio, que los responsables de escupirnos tamañas frases son seres que cargan, a su vez, con otras frases. Y entonces llega el perdón. Y perdonamos. Más adelante –bastante más adelante– viene la compasión. Es ahí cuando volvemos a sentirnos felices, con ganas de caminar sobre el Perito Moreno más allá del tamaño de nuestro culo, de nadar y gritar: “Tengo frío, tráeme una toalla”, de hacer una lista con toda la gente que te quiere. Porque no solamente te quieren los perros…

Tratemos de pensar antes de hablar, ya que las PALABRAS QUE DUELEN tardan muchos años en salir del corazón del otro, y hasta a veces no salen. No perdamos tiempo con los que queremos, porque perdonar lleva mucho tiempo. PENSEMOS ANTES DE HABLAR. TRATEMOS DE NO HERIR EL CORAZÓN DE LOS QUE MAS AMAMOS.

DECIR ADIÓS A QUIEN NO TE NECESITA TAMBIÉN ES CRECER


DECIR A DIOS 2

 

¿Cuántas veces en tu vida te has visto obligado@ a tener que decir adiós? En realidad, no importa las ocasiones en que lo hayas hecho, lo esencial es que a lo largo de nuestro ciclo vital es necesario romper más de un vínculo, aunque ello nos ocasione sufrimiento.

Decir adiós es crecer, es permitir encontrarnos de nuevo con nosotros mismos porque por determinadas circunstancias, algo o alguien nos estaba alejando de esas esencias inquebrantables que son la felicidad y el equilibrio con nuestro ser.

Te digo adiós porque sé que ya no me necesitas, porque no soy tu prioridad, por que tus vacíos me llenan de carencias y porque a pesar de no que no lo digamos en voz alta, hace tiempo que nos despedimos.

En realidad, podríamos decir que la propia despedida en sí no duele tanto como el contener las ganas por volver. Por qué es ahí donde se halla no solo nuestra propia fortaleza, sino nuestra dignidad.

No te permitas nunca ser débil y correr detrás de quien no te necesita o ya sabe dónde estás. De hacerlo, te estarás haciendo un daño profundo a ti mismo, a tu autoestima y su vez, le estarás ofreciendo poder a una persona que tiene en su mano la llave de la cerradura de tu infelicidad.

Eres tú quien debe tener esa llave, tú quien debe mantener las riendas de su vida sabiendo en todo momento por quién vale la pena invertir tiempo, sueños y esperanzas. Decir adiós es un acto de valentía y la mejor expresión de amor propio.

 Romper el vínculo de quien no nos necesita requiere coraje

Ojalá las cosas fueran más fáciles. Ojalá existiera una poción mágica para el desamor, para cerrar las puertas del corazón a quien ya no nos quiere, y practicar el arte del olvido como quien deja caer una piedra a un río y ve cómo desaparece en las profundidades.

Decir adiós requiere coraje, es un acto de voluntad personal por una necesidad vital. Es cerrar un círculo donde nos decimos a nosotros mismos que ya no vamos a permitirnos sufrir más, porque quien solo te regala ausencias no merece tu presencia.

No existe pues el olvido inmaculado que no deja huellas o cicatrices. Porque decir adiós implica en ocasiones tener que sanar muchos espacios, muchos agravios y dolores del alma que el tiempo no siempre alivia con el simple pasar de las hojas del calendario. El tiempo no cura si nosotros no ponemos de nuestra parte, de ahí que valga la pena tener en cuenta estos aspectos.

Tener paciencia no es lo mismo que ser pasivos ante los egoísmos o las carencias. El amor puede ser ciego, pero la paciencia debe…

A veces no es el amor lo que se termina, sino la paciencia

A veces no es el amor lo que se termina, sino la paciencia, esa que dicen que es santa, porque resiste vientos y mareas y siempre acaba dando más de lo que debería.

Ahora bien ¿Cómo no ofrecerlo todo por esa persona con quien hemos construido un vínculo afectivo y vital, e incluso un proyecto de vida?

Está claro que queda justificado el que cedamos en ocasiones más de la cuenta, que perdonemos hoy mañana y pasado, y que esperemos un poco más con la esperanza de que las cosas mejoren.

En ocasiones, la realidad acaba cayendo por su propio peso para abrirnos los ojos. Nuestro corazón no puede borrar de la noche a la mañana lo que siente, pero cuando se pierde la paciencia uno empieza ya a quitarse una tras otra, todas las vendas que lo cegaban

Hay quien dice que la paciencia es una virtud, pero está claro que esta dimensión no puede aplicarse a todos los ámbitos, y que además, debe tener unos límites.

No podemos pasar una vida entera siendo pacientes viendo cómo se vulneran nuestros derechos, nuestras necesidades como seres que necesitan reciprocidad, cuidado, afectos y reconocimiento.

El amor requiere compromiso, voluntad y paciencia… pero hasta cierto punto.

La paciencia en el amor no es lo mismo que pasividad

Tal y como te indicábamos antes, a menudo suele definirse el concepto de paciencia como una virtud. Es la facultad que tenemos la personas para posponer determinadas cosas que nos aportan satisfacción, porque pensamos que esa espera, a largo plazo, nos traerá cosas mejores.

También se define la paciencia como una habilidad: la que tenemos para tolerar situaciones desfavorables ante las cuales podemos tener o no tener el control. Ahora bien, cuando hablamos de amor, es necesario que mantengamos siempre el timón de nuestra propia realidad.

Hay quien se justifica usando esta palabra como una dimensión que hay que asumir.

Las cosas están mal, pero ¿qué se le va a hacer? Hay que tener paciencia. “¿Qué podemos hacer si él o ella es así? No podemos cambiarlos, así que es mejor mantener la paciencia”

No hay que confundir paciencia con pasividad

En realidad ahí está la auténtica clave. Podemos ser pacientes, podemos hacer de la paciencia nuestra mejor virtud porque nos ayuda a analizar mejor la situación, a saber observar, a ser reflexivos.

No obstante, todo este proceso interior nos debe permitir ver la auténtica realidad.

Una persona paciente no tiene por qué ser pasiva. La persona pasiva hace de la tolerancia su forma de vida, permitiendo abusos hasta experimentar en piel propia como se vulnera su integridad. Y ello, es algo que nunca debemos permitir.

Los beneficios de ser paciente pero no pasivo

A la hora de establecer y mantener una relación afectiva, la paciencia es un pilar en el día a día que debemos reconocer. Está claro que no tiene por qué gustarnos cada aspecto, comportamiento o costumbre de nuestras parejas, pero no por ello vamos a actuar de forma impulsiva echándoselo en cara, y rompiendo la relación.

Somos pacientes, respetamos y toleramos porque amamos. Porque sabemos también que en toda pareja existe un tiempo para que las cosas se armonicen, para que todo encaje y comprendamos a su vez, las necesidades de cada uno.

La paciencia debe ser mutua y llevarse a cabo casi a modo de ejercicio. Yo soy paciente contigo porque te respeto y te quiero, porque te reconozco como persona, y sé que amar no es solo querer las coincidencias, sino respetar también las diferencias.

Ahora bien, la paciencia requiere a su vez claridad emocional. Debemos saber dónde están los límites y comprender en qué momento se nos está vulnerando como personas. Como miembros de una relación afectiva.

No hay que ser pasivos ante las exigencias cargadas de egoísmos, ante la posición de priorizarse uno por encima del otro. No hay que cerrar los ojos a las carencias ni ser impasibles al dolor emocional que nos provocan los vacíos, los desprecios o ese maltrato sutil ejercido a través de palabras envenenadas.

Es aquí donde la paciencia debe caer, descorrer su velo para ver la verdad.

Cuando se termina la paciencia

Cuando se termina la paciencia llega la decepción porque ya somos conscientes de nuestra realidad en todos sus matices. En todos sus claroscuros. Ahora bien, esto no significa que debamos romper al instante esa relación de forma obligatoria, si aún seguimos amando a la persona.

Es momento de hablar, de poner en alto cual es la situación y decir lo que sientes y lo que necesitas. No se trata de evadir el problema. Si ese compromiso nos importa, daremos todo lo que nos sea posible por mantenerlo.

Ahora bien, para que una relación prospere o sane esas carencias que nos hacen daño, el esfuerzo debe ser mutuo. En el instante en que uno ofrece más y el otro solo invierte sus propias excusas, la paciencia se acaba perdiendo por completo, y con ella, la decepción se convierte en un abismo insondable.

La paciencia no es la capacidad de esperar, sino la habilidad para comprender que merecemos cosas mejores

Decir adiós implica un duelo que afrontar

Es necesario asumir que el acto de decir adiós, de dejar ir, implica pasar por el proceso de un duelo. Son muchas las personas que lejos de entenderlo de esta forma, deciden aferrarse al día a día sin haber gestionado pensamientos y emociones.

Decir adiós a una persona que era significativa para nosotros requiere en primer lugar entender qué ha ocurrido, qué ha generado esa separación.

Es necesario aceptar que o bien ya no somos queridos, o bien, que es necesario dar por terminada una relación que ocasiona más sufrimiento que felicidad.

Las rupturas de vínculos requieren algún tipo de desahogo emocional, ya sea con lágrimas o con palabras.

La aceptación llega día a día, con lentitud pero sabiéndonos seguros, sintiéndonos bien con nosotros mismos porque hemos tomado la opción adecuada.

Decir adiós sin odios

Decir adiós sin rencor, odio o desprecio no siempre es fácil. En el momento en que somos conscientes de que no nos necesitan, de que han dejado de querernos o de que nos ofrecen un amor envenenado o doloroso, lo que sentimos es indefensión y rabia.

Ten en cuenta que toda emoción negativa va a impedirte cerrar ese cículo. Es una carga que vas almacenar y que de alguna manera, implica que sigas “unido@ a esa persona”.

La rabia, el odio y el rencor dejan huella en nuestro carácter y nuestras emociones. Hace que seamos desconfiados, y de que esa rabia genera aún más negatividad contra nosotros mismos.

Libérate de todo, despréndete de quien no te necesita y de toda emoción negativa que implique seguir anclado a quien te hizo daño de algún modo. Todo ello te permitirá avanzar con más ligereza. Si acumulas cada piedra del camino, al final no podrás caminar en tu sendero de la vida. Quedarás encallado. Libérate.

Decir adiós para volver a ser quien eras y crecer

Cuando mantenemos una relación disfuncional, es decir, ahí donde experimentamos sufrimiento, desengaño y donde lejos de crecer se quiebra nuestro equilibrio personal, lo que hacemos en realidad es alejarnos de nosotros mismos.

Decir adiós implica hacer un delicado viaje de retorno. Necesitas curar heridas, atenderte y tirar de ese hilo dorado de tu esencia, para recuperar no solo a la persona que eras antes, sino también para crear a quien deseas ser ahora.

Deseo ser esa persona que es capaz de decir adiós y dejar ir, para que vengan cosas nuevas. Cosas mejores. Deseo ser quien era, y aunque soy consciente de que ya he perdido parte de mi inocencia, y ese destino ligado a quien dejé atrás, sé que soy artífice de mi futuro. Sé que voy a andar con ilusiones renovadas, que no voy a ser víctima, sino alguien capaz de aprender de lo vivido ya convertirme en quien deseo ser.

Lo que debemos dejar ir para ser felices

El amigo que siempre miente, la idea de que debemos darle gusto a los demás o la obsesión por el pasado… Hay situaciones y personas que no nos hacen ningún bien, y que sería mejor dejar ir de nuestras vidas para encontrar aquello que sí merecemos.

Tu obsesión con el pasado

Alguien que se arrepiente por lo que hizo en el pasado o que se culpa por lo que sus acciones causaron, puede verse envuelto en un círculo vicioso de lágrimas, tristeza y depresión. A veces olvidamos que no podemos cambiar el pasado y que la única forma de ser libres y felices es dejar de pensar en ello, dejar el recuerdo también en el pasado. Si en verdad has dañado a alguien puedes tratar de reparar el daño, pero no te obsesiones con lo que no se puede cambiar. Muchas veces necesitamos más nuestro propio perdón. De ser así, trabaja en ello y sigue adelante.

Ese amigo que te causa problemas

La amistad es una de las relaciones que enriquecen la vida del ser humano. Algunos de nuestros amigos están ahí desde que somos pequeños y otros se han ido uniendo en el camino. En cualquier caso, si alguno de estos amigos te causa problemas, te engaña, se aprovecha de ti, te decepciona o te provoca cualquier otro tipo de situación negativa de forma constante, quizá sea hora de que los caminos se separen. Esto suele causar un gran conflicto interno porque creemos que debemos ayudar a nuestros amigos a salir adelante, pero cuando la situación te está afectando debes analizar si está bien buscar su bienestar a costa del tuyo. Recuerda que la persona más importante de tu vida eres tú mismo.

Esas personas que esperan que cambies por ellos

Puede que tengas un amigo o amiga, un padre o una madre, o una pareja que vive con la esperanza de que te conviertas en quienes ellos quieren. Probablemente deseen lo mejor para ti, pero esto puede poner en peligro tú identidad, es decir, lo que tu quieres. Pueden ponerte, a veces sin querer, en una encrucijada de sentimientos en la que se mezcle el miedo a decepcionar a otros con el temor a renunciar a tus sueños. Ten en cuenta, que terminar viviendo la vida de otr@ es una bomba que termina explotando tarde o temprano ya que la recompensa por contentar a los demás no suele compensar una posible pérdida de ti mism@.

A quien está contigo a la fuerza

Algunas personas se quedan en nuestra vida a la fuerza. Ya sea porque están acostumbradas a las comodidades que les damos, que teman dejarnos solos, porque no nos creen independientes o porque estemos ejerciendo algún tipo de coacción. En cualquier caso, probablemente no lograrás ser feliz teniendo a esa persona en tu vida. Cuando alguien está atado a nosotros, nos atamos a su infelicidad y de esto no puede nacer nada bueno.

Fuente: https://lamenteesmaravillosa.com

ME DOY PERMISO PARA NACER


1

 

Hoy volveré a nacer, pido permiso.

Permiso útero, permiso cordón prieto,
permiso agua, placenta, oscuridades.

No podrá retenerme la tibieza plácida y calma del vientre cobijante. No podrán disuadirme las presiones de este túnel de carne que hoy me puja.

Con decisión inequívoca y sagrada, determino nacer, me doy permiso.

Y aquí estoy, desnuda de corazas, dispuesta a recibir besos y abrazos. No la palmada que provoque el grito, ya no permitiré que me golpeen.

Panteras de quien vengo renaciendo, miren quién soy, adultamente niña.

Miren quien soy, vengo a ofrecer mi entrega, miren quién soy, apenas si respiro pero de pié me hiergo y me estremezco, dándome a luz en mi realumbramiento.

Tengo coraje para empezar de nuevo, fortalezida en mis fragilidades.

Lloro de dicha, de dolor, lloro de parto.

Lloro disculpas a quienes no me
amaron, por el maltrato, el frío, el abandono.

Lloro la herida de todo lo llorable y lloro de ternura y de alegria por tanto recibido y encontrado.

Lloro las gracias por el amor, por la
bondad de quienes me ampararon.

Lloro de luz y lloro de belleza, por poder llorar,  lloro gozosa.

Sin más queja, dolida y reparada por la caricia de este útero abrazante.
Aquí estoy, recibanme.

Me perdono y perdono a quien me hiriera.

Vengo a darles y darme íntimamente una nueva ocasión de parimiento a la vida que siempre mereciera, me la ofrezco y la tomo, me redimo,
con permiso o sin él  yo me lo otorgo.

Me doy permiso para sentirme digna, sin más autoridad que mi propia conciencia.

 

Fuente: Pablo Neruda

Anteriores Entradas antiguas

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 431 seguidores